O tal vez todo este dispositivo contenga en sí una intención de ablandar la lujuria provocativa de las maricas locas, encorsetando sus merodeos y toda experiencia sexual “disidente” en los parámetros de una normalidad ampliada y más o menos conyugal, que excluye a los marginales, los promiscuos, los travestis (y eventualmente a las mujeres liberadas, los maridos libertinos, etc.)

Así, para salvarse de las diatribas que los acusan de “agentes infecciosos”, algunos gays intentarían “limpiar su imagen” al punto de constituirse en parodias de baluartes de una pacata y mimética normalidad. Política “reformista”, de “dignidad” e “identidad homosexual”, a través de la cual la homosexualidad, paradójicamente, se des-se-xualiza y se abstiene de las delicias de la sodomía celebrada por Sade. En ese sentido, buena parte del movimiento gay americano ha diluido su carácter contestatario para rearticularse como un agrupamiento paramédico de salud pública.
Sería preciso, tal vez, concebir una política sexual diferente, que no desconociese la multiplicidad de los deseos eróticos ni intentase disciplinar pedagógicamente a los perversos y sus placeres. Se trata de ofrecer la mejor información posible, pero afirmando simultáneamente el derecho a disponer del propio cuerpo y de la propia vida, ya demandado por Engels.
La vida no se mide apenas, como quiere la institución médica, en términos de la prolongación de la sobrevida (o de la agonía), sino también en la intensidad del gozo. La dimensión deseante no debería ser renegada, si es que se trata de salvar la vida.
Por último, el dispositivo del SIDA encaja en un generalizado giro a la derecha de Occidente. La derecha americana procuraría contener, en parte, la “disolución moral” que supo comercializar y que tantas preocupaciones le causara al Papado. Esa articulación de fuerzas reaccionarias le hace decir al filósofo libertario Félix Guattari que si el SIDA no existiese, habría que inventarlo: “Existe en torno a la enfermedad una especie de fiesta mortífera, un carnaval de conservadurismo y reacción que se apropia de ella, desarrollando una política obsesiva de represión al homosexual”. Sobre el pánico del SIDA se volcaría, de paso, la amenaza de muerte que pende sobre la humanidad: hambre, guerra, contaminación, etc., más “evitables” que la sodomía.
Hay, para las poblaciones amenazadas, un riesgo real –que no debe ser, con todo, sobrestimado -. Se trata, tal vez, de un inestable compromiso entre el riesgo y el gozo, sujeto a los vaivenes del deseo. Esa afirmación del deseo no debería ser vivida (como quiere la histeria higienista) con culpa y mala conciencia, sino con alegría. Seria paradójico que el miedo a la muerte nos hiciese perder el gusto por la vida.